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a la comunidad artística, universitaria y a la opinión pública
Recientemente vi la precuela de aquella famosa película de 1968 llamada “El Planeta de los Simios”. Esta precuela titulada en inglés –su idioma original- como “Rise of the Planet of the Apes”, ha llegado a México con el título de “El Planeta de los Simios: [r]evolución”.
Debemos notar que la palabra inglesa “rise” puede ser traducida como “ascenso” o “surgimiento”, lo que da la idea de un origen, del nacimiento de ese planeta donde los primates dominan al hombre. Sin embargo, esa misma palabra puede ser también traducida como “levantamiento” o “alzamiento”, palabras que evocan una búsqueda de la liberación, un enfrentamiento al tirano que nos oprime. Me parece que en este caso la traducción sirve a su propósito.
(Advierto, para evitar la horrenda experiencia del “spoiler”, que es probable que líneas abajo haya “spoilers”, así que si no han visto la película y no desean que se las arruine, no sigan leyendo.)
“Rise..” es, en mi opinión, un film que nos invita a la reflexión en distintas líneas. Como película cumple lo que promete, pues sirve como puente entre la primera película y todo aquello que la historia original dejó fuera. No se trata solamente de la razón detrás del surgimiento de un planeta de simios, sino también de la atención que se puso a los detalles, como la pertinencia de dicha razón o los cabos que de otra forma quedarían sueltos.
El perfeccionamiento genético (inserte aquí su especie favorita: tiburones, murciélagos, abejas, humanos) es motivación frecuente para alterar aquello que conocemos como naturaleza; situación que termina muy, muy mal, en lo que suele interpretarse como castigo divino a la soberbia, a la necedad de jugar a ser dioses. El tema, por supuesto no es nuevo, la búsqueda fáustica del conocimiento y la repetición del pecado adánico original se repite una y otra vez en toda forma de arte; sin embargo, aquí hay algo distinto (elemento tampoco necesariamente nuevo, pero sí muy atractivo). Si bien, los intereses del capital no pueden dejarse de lado, pues siempre están involucrados; -representados por David Jacobs- es necesario recordar que esos intereses, tal y como sucede en la realidad, juegan constantemente con los deseos de los involucrados para conseguir lo que quieren. Los objetivos de Jacobs son parecidos a los de Rodman, pero sus motivaciones son sumamente distintas. A Jacobs, sin importar qué diga, lo único que le interesa es el dinero. Las motivaciones de Will son distintas, en parte quiere la fama, es cierto, pero su investigación es de suma importancia para él, pues quiere ayudar a su padre, quiere detener su sufrimiento. Por ello, la arrogancia aquí es solamente parte de la ecuación; ya que los deseos que eventualmente nos conducen al desenlace que todos conocemos, no sólo tienen que ver con la ambición y la gloria, sino también con la compasión y la empatía. Todo va cayendo en su justo lugar: la negación de Will de terminar con la vida de Caesar, el cuidado y la educación que le prodiga, el fracaso del compuesto y la necesidad de convertirlo en virus, el maltrato, hasta el viaje espacial. Todo encaja.
La película nos invita a reflexionar sobre nuestra relación con los demás habitantes de este planeta y con la naturaleza en general; nos invita a revisar ese comportamiento tan capitalista de ver a todo lo otro como el objeto a moldear, a dominar, a usar como mero medio en pos del progreso, del avance científico, del mejoramiento de nuestra especie, y de la riqueza de unos pocos. La antigua caracterización de las cosas en esencia y accidentes, que convertida termina por establecerse en nuestra conocidísima división de cuerpo y alma; sirve como justificación moderna de todas las atrocidades cometidas contra el cuerpo, siempre y cuando el alma sea salvada. La secularización de estos conceptos nos deja con la todopoderosa Razón, el misterioso "yo" y la conciencia superior. Si bien, después de innumerables luchas se ganaron resquicios desde dónde combatir la injusticia sobre el cuerpo humano, los animales quedaron en franca desventaja. Desde la religión se les negó el alma, desde la ciencia la razón, desde la filosofía la conciencia. Criaturas inferiores según todo criterio humano, quedaron en el limbo de los derechos. Sin alma, no importaba su salvación, sin razón no importaba su libertad y sin conciencia ni siquiera importaba su sufrimiento. La consideración moderna, aun reinante, de la superioridad del hombre, de su real derecho a poseer, usar y abusar de todo lo demás quedaba establecida pseudocientíficamente de manera natural y necesaria en una interpretación cómoda de la ley darwiniana del más apto. Por ello, “Rise…” plantea un ejercicio mental interesante, un ejercicio hipotético que encuentra fundamentos en la filosofía del periodo conocido como Crisis de
El ejercicio mental de los escritores y el director no se detiene aquí, ya que sumidos en nuestras ficciones somos incapaces de ver las injusticias que el sistema comete en contra de sus víctimas –cosa que sucede a diario-, por lo que los simios son prácticamente forzados a levantarse en contra de la totalidad que los oprime. El sufrimiento de Caesar, le revela un mundo antes desconocido para él, le muestra una opresión para los suyos. Tiene la oportunidad de darle la espalda a las víctimas y retomar su posición acomodada, su hogar seguro al lado de Will, pero su experiencia en el refugio para simios le hace tomar conciencia de la injusticia que no merecen, del dolor que no se han ganado y lo obliga a pelear por la reivindicación de sus derechos, a pelear por su liberación. Lo fuerza a interpelar al sistema, a decir basta, a gritar ¡No!
¿Es ésta una visión romántica de los simios? ¡Por supuesto! ¡Es una ficción! Pero como todo ejercicio mental, nos pone a reflexionar sobre cosas que suceden todo el tiempo, sobre actitudes de la realidad que quizá deberíamos cambiar. Habrá algunos que ni siquiera quieran entrar al debate de las especies y los derechos de los animales, pero quizá sean seducidos o inspirados -especialmente en tiempos tan oscuros- por la fuerza de un relato, en donde un personaje no tolera el mundo en el que vive y desea cambiarlo dándose cuenta de que solo es débil, pero que la fuerza de la comunidad puede transformar el mundo.
Por un lado, parecen tener razón aquellos que han pedido que Anders Behring Breivik pierda su nombre, su rostro. Quizá lo mejor es condenarlo al olvido, negarle la publicidad que tanto busca, a la que ha dedicado su vida y de la que ha obtenido tanto dinero. La riqueza de la que tanto presumía en sus perfiles parece haberla conseguido a través de su trabajo en el área de lo que hoy conocemos como “marketing”. Anders Behring Breivik sabe colocar productos en la mente de las personas, o en otras palabras, sabe vender sueños, deseos, creencias primero, y luego vender productos destinados a satisfacer esas ideas ya compradas por el público. Por eso el mayor peligro de seguir hablando del asesino de Oslo es colocar aún más su marca, su ideología. El mayor peligro es convertirnos, probablemente sin saberlo, en un elemento más de su aparato de marketing. Parece apropiado, entonces, despojarlo de toda humanidad, quitarle su rostro y hacerlo responder ya no a un nombre sino por sus acciones: “el asesino de Oslo”, “el monstruo”, “el terrorista”.
Ya otros antes de mi, han llamado la atención, a propósito de estos hecho lamentables, hacia juicio de Eichmann en Jerusalén o el espectáculo en el que se convirtieron los juicios de Núremberg a fin de mostrarle al mundo que la justicia no perdona y es especialmente dura cuando el sufrimiento de las víctimas es de tal magnitud que no puede ser ignorado. Dichos juicios hicieron desfilar víctima tras víctima para que pudieran testificar los horrores que habían vivido, para mostrar sin lugar a dudas las cosas inhumanas que los victimarios habían llevado a cabo, el sufrimiento al que habían sido sometidos y especialmente el elevado número de personas afectadas por tales actos de barbarie. El libro de Hanna Arendt sobre Eichmann trata de lo que ella llama “la banalidad del mal”, es decir, la parcelización del mal en pequeñas cargas que no perturban la moral de todos aquellos que participan en la barbarie. Durante
Lo que más preocupaba a Hanna Arendt era que al convertir a los nazis en monstruos, en inhumanos, en bestias sin corazón se pasara por alto que era toda una sociedad la culpable, un sistema económico, una cultura, una cosmovisión. Al final de los juicios, todo mundo creyó que ya no había problema; muerto el perro se acabó la rabia, como dice el dicho. Hanna quería que aprendiéramos de nuestros errores, pero para ello tendríamos que entender qué salió mal, las razones detrás de la barbarie. Despojar a los alemanes nazis de su humanidad en idea ocultaba las razones que orillan, convencen o encantan a toda una cultura, no sólo a estar de acuerdo con el genocidio y el terror, sino incluso a participar en ellos. La rabia no muere con el perro, y si no la entendemos, nos preparamos a lidiar con los infectados y desarrollamos vacunas contra ella, podría volverse una epidemia capaz de terminar con la humanidad entera.
Por ello, al hablar de Anders Behring Breivik no debemos perder de vista que antes que nada era humano. Debemos entender qué puede convencer a un ser humano de matar a cerca de un centenar de personas, y además justificarlo, estar convencido de que es lo correcto, de que está salvando al mundo. Para él, sus actos, al igual que los de los nazis, al igual que los de los jyhadistas musulmanes, al igual que los de los marines norteamericanos, eran necesarios.
El arrebato de las vidas de todos esos jóvenes nos recuerda de la manera más triste que el odio, la discriminación y el miedo no tienen que ver con Alemania o con Irak o Afganistán o ahora con Noruega, no es cosa de cristianos o musulmanes, de blancos o negros. Esta violencia es el resultado de una manera de ver al mundo como un lugar lleno de peligrosos enemigos que merecen la muerte. La idea de un mundo en supuesta necesidad de purificación racial, religiosa, social, o económica. El odio, la discriminación y el miedo son, además, alimentados por ideologías creadas desde los grupos de poder que obtienen cuantiosas ganancias de ellos. La creación de comunidades imaginarias capaces de morir y matar por sus creencias es el medio que utiliza el poder para mantenerse en control. El precio son vidas humanas como las que se perdieron en Utøya, la ganacia es el control económico, el control de recursos (naturales y humanos), el control territorial, el control mental.
No se trata de eliminar la responsabilidad de los individuos por sus actos, sin embargo, parece necesario revisar, además de nuestros actos, cada idea, cada creencia, cada imagen, cada imaginario que los motiva.
Por todo esto, es fácil de entender la iniciativa del grupo de hackers Anonymous de desfigurar el manifiesto que Breivik dejó atrás y que pretende justificar la violencia y el asesinato. Hundir tales ideas en un mar de falsificaciones, de tergiversaciones, de bromas y, así, negarle la oportunidad de alcanzar a otros, de envenenarlos con sus locas alucinaciones. Evitar que sobrevivan esas ideas que convocan a la violencia y la publicitan a través de la violencia misma.
Sin embargo, es desolador pensar que una vez más la petición de Hanna Arendt tenga que hacerse oír; saber que el mismo sistema que permitió el Holocausto siga vigente y siga permitiendo, promoviendo y necesitando de odio, discriminación y miedo. Es desolador pensar que ante tal sistema no podamos entender la rabia y desarrollar un antídoto, sino sólo matar a los perros, y cuando mucho, intentar evitar que la rabia entre en contacto con otras personas.