miércoles, 5 de diciembre de 2012

Sobre la Unidad de Vinculación Artística y sus vicisitudes actuales


He sido parte de la comunidad de la Unidad de Vinculación Artística (UVA) desde hace dos ciclos, es decir, ya prácticamente un año; y en ese tiempo he llegado a apreciar los enormes beneficios que esta unidad le ofrece no sólo a la comunidad universitaria sino también a los habitantes de la unidad Tlatlelolco, y al público en general. 

En mi caso particular, me ha brindado la oportunidad de aprender cosas que de otra forma, por diversas razones, no me habría sido posible. Oportunidades de aprendizaje que se llevan a cabo a través de una enseñanza de calidad, de costos accesibles y de una comunidad entregada que no sólo enseña y aprende sino que también se integra a una nueva manera de vivir expresiones artísticas que antes no había estado a su alcance. 

Hace poco tiempo nos enteramos a través de nuestros maestros que el actual director del Centro Cultural Universitario Tlatelolco (CCUT) ha pedido la renuncia de Ignacio Plá quien tenemos entendido ha sido uno de los principales responsables de que este proyecto exista y se desarrolle de la manera en que lo ha venido haciendo.

El desconocimiento de las razones detrás de esta petición de renuncia junto con los cambios que se tengan planeados, los cuales ni siquiera se sabe en qué consisten, es lo que tiene a la comunidad de la UVA muy desconcertada, pues al menos en mi experiencia como alumno, por limitada y subjetiva que sea, la Unidad de Vinculación Artística parece estar a la altura de las expectativas. 

Y si las autoridades del CCUT no creen que la UVA esté haciendo mal las cosas y planean, como lo han anunciado, continuar con este proyecto de la misma forma en que se ha venido desarrollando, entonces la planeación de estos cambios y la petición de renuncia de aquellos responsables de su éxito tienen aún menos sentido. ¿Por qué arreglar aquello que no está roto?

A continuación anexo un documento elaborado por los mismos maestros de la UVA, quienes tienen un mayor conocimiento tanto del desarrollo de la UVA desde su nacimiento hasta ahora, como también de su situación actual.





A la comunidad de la UVA, a los vecinos de Tlatelolco,
a la comunidad artística, universitaria y a la opinión pública

La Unidad de Vinculación Artística (UVA) de la UNAM, ubicada en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco (CCUT) fue creada a principios del 2010 como una propuesta de espacio de vanguardia para la creación y producción artística interdisciplinaria de alto nivel, que busca ser una opción cultural y educativa tanto para los habitantes de la Unidad Habitacional Nonoalco Tlatelolco como para alumnos de distintas zonas de la ciudad, interesados en iniciar o complementar su formación artística con maestros facilitadores de excelencia.

Su gestación, puesta en marcha y desarrollo ha estado desde sus inicios a cargo de Ignacio Plá y un equipo de artistas dispuestos a trabajar en pos de nuevas formas de educación y vinculación artística. Un equipo con gran entrega e imaginación al cual, nos hemos sumado poco a poco nosotros -artistas en activo- quienes hemos tenido el gusto de integrarnos como maestros.

Este quinto ciclo, la UVA cuenta con 1200 alumnos en 63 talleres libres semestrales de una extensa diversidad, además de haber organizado más de 20 talleres de especialización en artes, un festival internacional en dos emisiones y una serie de proyectos paralelos en franco crecimiento.

Evidente es para todos nosotros que la UVA, a pesar de su juventud, se encuentra viento en popa.

Es por ello que hemos quedado totalmente desconcertados cuando el mismo Ignacio Plá nos hizo saber que hace apenas unas semanas el actual director del CCUT, Jorge Jiménez Rentería, le solicitó su renuncia. ¿El diagnóstico en el que se basa esta decisión? ¿Las razones? No las sabemos.

Hemos solicitado formalmente y de la manera más atenta una explicación por parte del director del CCUT, y luego de varias semanas de espera, no ha habido una respuesta directa.

Se nos ha dicho que el proyecto de la UVA continuará en el camino que está ya trazado. ¿Por qué entonces solicitar la renuncia de la persona que en buena medida lo dotó del perfil que tiene actualmente? ¿Dos años son suficientes para evaluar la gestión de un proyecto educativo? Nosotros consideramos que no. Una decisión así y la forma en que ha sido instrumentada nos hace temer seriamente por la continuidad del propio proyecto. Ésta es la razón fundamental por la que hemos decidido compartir este hecho con la comunidad artística, universitaria, los habitantes de Tlatelolco y la opinión pública.

En el entendido que compartimos el interés por la educación artística y el desarrollo cultural de nuestro país, solicitamos urgentemente a las autoridades de Difusión Cultural de la UNAM un espacio para discutir con la Comunidad de la UVA la situación actual de este valioso espacio educativo, en aras de proteger y dar impulso a la UVA: un proyecto artístico-educativo único en su género en la UNAM y en el propio país.

Aprovechamos para invitar a las muestras y presentaciones de los talleres correspondientes al cierre del ciclo, los cuales tendrán lugar durante la próxima semana en la UVA.

Atte. Integrantes del cuerpo docente
Abraham Vallejo
Alejandro Gómez-Arias
Alfredo Mendoza
Alma Quintana
Arturo López Pío
Cecilia Sánchez Nava
Daniel Godínez Nivón (Río Abierto)
Diego Molina
Erik Preaño Muciño
Eugenia Vargas
Eulene Franzcelia
Fernando Vázquez Sánchez
Fernando Vigueras
Goretti Muñoz (Río Abierto)
Grupo Proyector
Iker Vicente
Juan Pablo Villa
Leika Mochán
Luis Enrique Estrada
Luis Manuel Pantoja
Marcela Romero
María Emilia Martínez
Martha Moreyra
Nohemí Espinosa
Paloma Márquez
Ricardo Peláez
Roxana Mendoza
Van-T
Victor E. Morales García
Yvonne Navas

México D.F. a 01 de diciembre de 2012

miércoles, 1 de agosto de 2012

Columbine: ¿De quién es la culpa?


Yo no tuve la fortuna de leer al momento lo que Marilyn Manson escribió sobre lo sucedido en la escuela de Littleton, sobre la cacería de brujas subsecuente, y lo que respondía a la maquina mediática que lo designó arbitrariamente la razón detrás de los tiroteos; culpable junto a los videojuegos, las películas y los libros. Toda forma de entretenimiento al que estos chicos recurrían fue señalado y puesto a juicio, práctica ahora acostumbrada y normal de la telecracia. Capaces de culpar de todo mal a una figura, ejercen su poder destructivo en contra del chivo expiatorio en turno. Lo tristemente paradójico, es que a pesar de culpar al entretenimiento, o mejor dicho, a ciertas formas de entretenimiento, al mismo tiempo, los medios, en tanto parte del show televisivo, convierten la tragedia ajena en una forma de entretenimiento a ser consumido, y en ese macabro proceso, convierten al espectador en cómplice de la mercantilización del dolor de los demás, en comprador del dolor hecho mercancía. Dolor que beneficia a los medios en sus ratings televisivos, en su tráfico de internet, pero que también beneficia a los políticos que señalan todo lo que está mal, que se solidarizan con las víctimas, que aprovechan para lanzar su plataforma que promete corregir todo aquello que permitió la tragedia; que beneficia a las iglesias que aprovechan para satanizar todo aquello, y recordarnos que la salvación está en la visita regular a tu parroquia y tu muy necesaria contribución monetaria. El sistema en su totalidad se beneficia porque al colgar culpas se restaura el orden y la tranquilidad de las buenas conciencias, se redirigen los odios reprimidos de la sociedad, no sólo permitiendo volver a la "normalidad", sino también creando una muy útil cortina de humo que desvía la atención de muchas contradicciones sociales que deberían estar en el centro mismo de los cuestionamientos.    

Yo no tuve la fortuna de leerlo entonces, sin embargo, lo encontré ahora que cobra tanta relevancia a la luz de un nuevo tiroteo, esta vez en un cine que estrenaba una película con uno de los iconos más importantes del mundo del cómic. Mas cerca del mundo del entretenimiento no se puede estar. Por eso es importante revisar lo que se dijo entonces, revisarlo de verdad, porque como lo mencionan personas que han estado muy cerca de estas tragedias, ellas se han vuelto tan comunes que el ciudadano promedio es capaz de casi científicamente predecir cuando llegarán los medios, cuánto tardarán en asignar culpas, cuánto tiempo pasara antes de que los oportunistas intenten capitalizar en la tragedia, cuánto tiempo tardarán en comenzar los intentos de debate sobre el control de armas, pero principalmente, y esto es lo más triste de todo, pueden predecir con precisión cuánto tardarán en olvidarlo, en seguir con sus vidas sin que absolutamente nada haya cambiado.

A continuación está la traducción al español de aquel texto de Marilyn Manson. Al final pueden encontrar la liga al texto original en inglés.

Columbine: ¿De quién es la culpa?

por Marilyn Manson

Es triste pensar que las primeras personas sobre la tierra no necesitaron libros, películas, juegos o música para inspirar el asesinato a sangre fría. El día que Caín le reventó los sesos a su hermano Abel, la única motivación que necesitó fue su propia disposición humana a la violencia. Ya sea que interpretemos la Biblia como literatura o como la palabra última del Dios que sea, el Cristianismo nos ha dado una imagen de la muerte y de la sexualidad sobre las que hemos basado nuestra cultura. En la mayoría de los hogares y alrededor de nuestros cuellos cuelga un hombre semidesnudo, y nosotros lo hemos dado por sentado toda nuestra vida. ¿Es un símbolo de esperanza o desesperanza? El asesinato/suicidio más famoso del mundo fue también el nacimiento del ícono de la muerte, el molde para la celebridad. Desafortunadamente, dentro de toda su inspiradora moral, en ningún lugar de los Evangelios se elogia a la inteligencia como virtud.

Mucha gente olvida o nunca se da cuenta que yo comencé mi banda como una crítica a esos mismos asuntos de desesperación e hipocresía. El nombre Marilyn Manson nunca ha celebrado el triste hecho de que América pone asesinos en las portadas de la revista Time, dándoles tanta fama como a nuestras estrellas de cine favoritas. Desde Jesse James hasta Charles Manson, los medios, desde su nacimiento, han convertido a los criminales en héroes populares. Ellos acaban de crear dos nuevos héroes cuando cubrieron las portadas de cada uno de los periódicos con las fotografías de esos idiotas de Dylan Klebold y Eric Harris. No se sorprendan si cada chico que molestan tiene dos nuevos ídolos.

Aplaudimos la creación de una bomba cuyo solo propósito es destruir a toda la humanidad, y crecimos viendo los sesos de nuestro presidente esparcidos sobre todo Texas. Los tiempos no se han hecho más violentos, simplemente se han vuelto más televisados. ¿Alguien piensa que hubo algo remotamente civil en la Guerra Civil? Si la televisión hubiera existido, podemos estar seguros que habrían estado ahí para cubrirlo, o quizá incluso participado en ella, como en la violenta persecución en auto de la Princesa Di.

Asquerosos buitres buscando cadáveres, explotando, jodiendo, filmando y sirviéndolo a nuestros hambrientos apetitos en una glotona muestra de estupidez humana sin fin.

Cuando se trata de encontrar al culpable por los homicidios de la escuela en Littleton, Colorado, lanza una piedra y le pegarás a algún culpable. Somos la gente que se sienta y tolera que niños tengan armas, y somos los que nos sintonizamos para observar los detalles al minuto de lo que hacen con ellas.

Creo que es terrible cuando alguien muere, especialmente si es alguien que conoces y amas. Pero lo más ofensivo es que cuando estas tragedias suceden, a la mayoría de la gente no les importan mucho más de lo que les importa el final de temporada de Friends o The Real World. Estaba atónito mientras observaba a los medios serpentear justo al centro de todo, sin perderse una sola lágrima, entrevistando a los padres de chicos muertos, televisando los funerales. Entonces vino la cacería de brujas.

El temor más grande del hombre es el caos. Era impensable que estos chicos no tuvieran una simple y clara razón para lo que hicieron. Así que se necesitaba un chivo expiatorio. Recuerdo haber escuchado los primeros reportes desde Littleton de que Harris y Klebold usaban maquillaje y se vestían como Marilyn Manson, a quien obviamente debían idolatrar ya que iban vestidos de negro. Claro, la especulación se intensificó para hacer de mí la imagen de todo lo que está mal en el mundo. Estos dos idiotas no usaban maquillaje y no iban vestidos como yo o como goths. Ya que la Media América no ha oído la música que sí escuchaban (KMFDM y Rammstein, entre otros), los medios escogieron algo que creyeron era similar.

Reporteros responsables han reportado con menos publicidad que Harris y Klebold no eran fans de Marylin Manson y que incluso odiaban mi música. Aún si fueran fans, eso no les da una excusa, ni significa que la culpa es de la música. ¿Acaso buscamos la inspiración de James Huberty cuando le disparó a la gente en McDonald’s? ¿Qué le gustaba ver a Timothy McVeigh? ¿Qué hay de David Koresh, Jim Jones? ¿Creen que el entretenimiento inspiró a Kip Kinkel o debemos culpar al hecho de que su padre le compró las armas que usó en los asesinatos de Springfield, Oregon? ¿Qué inspiró a Bill Clinton a explotar gente en Kosovo? ¿Fue algo que le dijo Monica Lewinsky? ¿Acaso matar no es matar, sin importar si es en Vietnam o Jonesboro, Arkansas? ¿Por qué justificamos uno sólo porque parece ser por las razones adecuadas? ¿Debería alguna vez haber una razón adecuada? ¿Si un chico es suficientemente mayor para manejar un auto o comprar un arma, no es lo suficientemente mayor para ser considerado responsable de lo que hace con su carro o su arma? ¿O si es un adolescente, deberíamos culpar a alguien más ya que él no es tan ilustrado como una persona de 18 años?

A América le encanta encontrar a un ícono al cual colgarle su culpa, pero, ciertamente, he asumido el rol del Anticristo; soy la voz de la individualidad de los Noventas, y la gente tiende a asociar a cualquiera que luzca y se comporte de manera distinta con actividades ilegales o inmorales. En el fondo, la mayoría de adultos odian a la gente que va a contracorriente. Es gracioso que la gente sea suficientemente ingenua como para olvidarse de Elvis, Jim Morrison y Ozzie tan rápidamente. Todos ellos fueron sujetos a los mismos argumentos milenarios, al escrutinio y prejuicio. Yo escribí una canción llamada “Lunchbox” (lonchera) y algunos reporteros la han interpretado como una canción sobre armas. Irónicamente, la canción habla sobre mi lonchera de Kiss que usé como arma en el patio del recreo para defenderme de los que me molestaban. En 1979, se prohibieron las loncheras de metal porque se consideraban armas peligrosas en las manos de delincuentes.

También escribí una canción llamada “Get your Gunn”. El título lleva dos enes porque la canción es una reacción al asesinato del Dr. David Gunn, quien fue asesinado en Florida por activistas pro-vida mientras yo vivía ahí. Esa fue la más grande hipocresía que atestigüé de niño: que estas personas mataron a alguien en el nombre de ser “pro-vida”.

Los mensajes en cierto grado positivos de estas canciones son los que los sensacionalistas usualmente malinterpretan como promotores de las cosas mismas que estoy censurando. Ahora, todos están pensando como pueden prevenirse cosas como las de Littleton. ¿Cómo se previene el SIDA, la guerra mundial, la depresión, los accidentes automovilísticos? Vivimos en un país libre, pero con esa libertad viene una carga de responsabilidad personal. En lugar de enseñar a un niño lo que es moral e inmoral, bueno y malo; podemos, primero que nada, establecer cuales son las leyes que nos gobiernan. Siempre puedes escapar del infierno no creyendo en él, pero no puedes escapar de la muerte y no puedes escapar de la prisión.

No es sorpresa que los niños estén creciendo más cínicos, pues tienen mucha información frente a ellos. Pueden ver que están viviendo en un mundo que está hecho de mentiras. En el pasado, existía la idea de que podías huir y comenzar algo mejor, pero ahora América se ha convertido en una gran plaza, y debido al Internet y a toda la tecnología que tenemos no hay a donde correr. La gente es igual en todos lados. A veces la música, las películas y los libros son las únicas cosas que nos dejan sentir que alguien más se siente como nosotros. Siempre he intentado hacerle saber a la gente que está bien, o incluso mejor, si no te integras al programa. Usa tu imaginación, si un geek de Ohio puede convertirse en alguien, ¿por qué no podría cualquiera con voluntad y creatividad?

Decidí no participar en el frenesí mediático para defenderme, a pesar de que me rogaban aparecer en cada uno de los programas de TV que existen. No quise contribuir con esos reporteros busca-fama y oportunistas que buscan llenar sus iglesias o ser electos gracias a sus acusaciones santurronas. ¿Quieren culpar al entretenimiento? ¿Acaso no es la religión el primer entretenimiento verdadero? Gente en disfraces que canta canciones y dedica sus vidas al fanatismo eterno. Todos estarán de acuerdo que nada fue más entretenido que Clinton disparando su verga y luego sus bombas en auténtica forma política. Y las noticias… eso es obvio. ¿Así que el culpable es el entretenimiento? Me gustaría que los comentaristas de los medios se preguntaran a sí mismos, por qué su cobertura del evento fue un entretenimiento de lo más grotesco que cualquiera de nosotros haya visto.

Creo que la Asociación Nacional del Rifle (NRA) es demasiado poderosa para ser atacada, por lo que la mayoría de la gente escoge Doom, The Basketball Diaries o a un servidor. Este tipo de controversia no me ayuda a vender discos o boletos, y no quisiera que lo hiciera. Soy un artista controversial, uno que se atreve a dar una opinión y se molesta en crear música y videos que desafíen las ideas de la gente en un mundo diluido y hueco. En mi trabajo examino la América en la que vivimos, y siempre he intentado mostrar a la gente que el demonio al que culpamos de nuestras atrocidades es realmente cada uno de nosotros. Así que no esperen que el fin del mundo llegue inadvertidamente un día. Ha venido sucediendo cada día desde hace mucho tiempo.

MARILYN MANSON
(28 de Mayo de 1999)


Original en inglés:  "Columbine: Whose Fault Is It"

jueves, 28 de junio de 2012

UN CIERRE DE CAMPAÑA

Ayer miércoles 27 de Junio fue el cierre de campaña de Andrés Manuel López Obrador y dada la situación que vivimos y el peligro inminente en el que nos encontramos -tanto si continúan los años de sangre del PAN, las víctimas de su narcoguerra sin sentido, sin planeación y sin dirección, como también si regresa el PRI y su intolerancia, su represión y su guerra sucia- no podemos sino ansiar un cambio, como dice AMLO: un cambio verdadero.

Mucha gente vio la victoria del PAN en el 2000 con alegría y con esperanza. Los tiempos del PRI habían acabado y una nueva era de democracia y libertad se avecinaba. Todo parecía mucho más verde en el futuro, pero Fox no supo hacer nada más, ni siquiera se preocupó por nada más que ganar la elección. Fox fue el mejor candidato, pues era dicharachero, parecía carismático, era una imagen perfecta del cambio, de la unión de todos contra el PRI, del cambio. Y eso resultó: una imagen, vacía por dentro, total ignorancia adornada con dichos y vacas; verborrea con botas y sombrero. La imagen del cambio fue sólo una ilusión, ese no era verdadero cambio, era sólo otro hombre, otro nombre, pero la situación concreta no era demasiado diferente para la mayoría de ciudadanos, al menos no en otra cosa que no fuera la pena ajena por aquel hombre que sabía tan poco y que, a pesar de ello, hablaba tanto. Pena ajena que poco a poco se convirtió en pena propia, porque ante el mundo se suponía que ese sujeto representaba a México. Pena propia por haber votado por él, por haber dejado que llegara, por haber creído que era posible vivir algo distinto. En otra ocasión será, pensamos. Al menos, sacamos al PRI, y con ello ganamos nuestra democracia.

El 2006 nos dio otro duro golpe a nuestra ilusión de cambio. Resultó que nada había cambiado, que todo era mentira. No había cambiado nada y eso ya todos lo sabíamos, pero Calderón nos mostró que ni siquiera habíamos ganado nuestra democracia. Todo fue un engaño. Lo único que era distinto era el cinismo con el que se trató todo. Todo mundo sabía que era un robo y no les importó, ni siquiera se esforzaron en ocultar nada, aparentemente la libertad de expresión que se consiguió también quería decir que los gobernante tenían la libertad de decir "les robé y les mentí" abiertamente sin consecuencia alguna; las instituciones supuestamente encargadas de garantizar la transparencia y con ello tranquilizar a los ciudadanos, dijeron "no vamos a hacerles caso y háganle cómo quieran" y por ello queremos bonos extraordinarios. ¿En qué podíamos creer? ¿Había esperanza? 

Gran parte de la gente comenzó a actuar como si no hubiera opción. Pensaban que lo habíamos intentado, que experimentamos otra cosa y falló, así que era mejor que regresara el PRI, pues ellos "robaban, pero salpicaban", si todo da lo mismo entonces no tenía sentido votar por alguien más. Muchos otros no creían esto, pero la abrumadora certeza imaginaria del inminente regreso del PRI mantenía a casi todos en la parálisis. Pero, como señaló Paco Ignacio Taibo II, unos estudiantes encendieron la mecha, le mostraron a la gente lo que se tenía que hacer y guiaron a la ciudadanía por ese maravilloso camino de la rebeldía y, con ello, devolvieron la esperanza.


Las expresiones de rechazo al candidato del PRI fueron algo sin precedente, las marchas en su contra fueron multitudinarias y nos enseñaron que quizá no todo estaba perdido, que algo podía hacerse. Que no seríamos engañados de nuevo por la imagen tele-creada, que la esperanza no sería aplastada por sus encuestas manipuladas, por la coronación anticipada que los "analistas" ya han realizado en Peña Nieto.


Este anuncio descarado de la supuesta victoria de un candidato y todo el esfuerzo puesto en la implantación de la victoria de un candidato no es casual. Televisa y el PRI son antiguos amantes que después de algunas aventuras se han vuelto a encontrar y reaniman su tórrido romance, haciendo todo lo posible por mantenerlo oculto. Pero no es secreto, siempre lo supimos, y ahora, gracias a "The Guardian", todo el mundo lo sabe. Matrimonio del político y la artista. Matrimonio del partido y la televisora.  


Y no se trata simplemente de saber la profunda conexión de Peña Nieto con Televisa, sino ser conscientes de lo que el candidato represente, de la memoria pasada de los años del PRI, y de la memoria reciente del gobierno de Peña Nieto.




Esta es la situación que permite un cierre de campaña capaz de juntar a personas de la tercera edad que marchaban desde el Ángel, a gente que venía del interior de la república. A familias enteras que se reunían a escuchar una vez más la propuesta de un proyecto alternativo, a creer una vez más en la posibilidad del cambio, en un mejor futuro.





Es la situación que permite juntar en ese mismo lugar a activistas sin partido, a jóvenes preocupados por la continuación del PRI-AN en el poder, unidos para evitar que continúe el derramamiento de sangre, la represión o como dijo en una marcha el líder de los de Atenco, para "evitar que esa bestia llegue al poder". Unidos por el hartazgo y marchando juntos porque, como se gritaba una y otra vez, "el pueblo se cansa de tanta pinche tranza". 






Para muchos, esa esperanza que se vislumbra está en el candidato que ayer cerró frente a un abarrotado Zócalo de la ciudad de México, para muchos otros está en la organización ciudadana, cuyo primer objetivo es impedir el regreso del PRI y la continuación del PAN, que para el caso son increíblemente similares. Objetivos que ayer coincidieron en un mismo lugar, ante un candidato a la presidencia que repetía justamente que el motor del cambio es la gente, el pueblo. De una u otra forma, eso fue lo que vi ayer: esperanza.

martes, 31 de enero de 2012

Tenemos que hablar de Kevin

Recientemente vi la película que aquí en México se intituló “Tenemos que hablar de Kevin”. Su título original en inglés, “We need to talk about Kevin”, junto con la usual sinonimia entre las palabras del español “tenemos” y “debemos” nos permitiría normalmente darle el título al que ya hicimos referencia, sin embargo, el inglés podría sugerir que no se trata de tener que hablar de Kevin (eso parecería indicar que no nos es posible escapar de ello) sino que debemos hacerlo. 
Por otro lado, el título en español puede también quedar perfecto si pensamos que hablar de Kevin es de una importancia tal que estamos forzados a hacerlo. “Tenemos que hablar de Kevin”, debemos hablar de la película, pero también tenemos que hablar de Kevin, el joven, de la relación con su madre, debemos pensar en muchos otros que son o pudieran llegar a ser él, pensar en nuestras propias relaciones intersubjetivas.
Pero antes que nada, quisiera hacer referencia a la estructura de la película, la forma en que nos es presentada. Los primeros cuadros, lo primero que vemos es el rojo de unos tomates; y casi de inmediato reconocemos la famosa “tomatina” que se lleva a cabo en diversas partes de Europa, y principalmente en el municipio de Buñol en Valencia. Los sentimientos que transmiten esas imágenes, independientemente de lo que pensemos o sintamos con respecto de la tomatina, son de alegría, la tomatina es una fiesta.
Esa feliz secuencia se ve interrumpida por el despertar. La tomatina no era sino un sueño, quizá un recuerdo; la alegría abre paso a la depresión de la realidad, al dolor de la vigilia. Efectivamente, Eva Katchadourian, el personaje encarnado por Tilda Swinton, despierta de su sueño y encuentra el exterior de su casa vandalizado por otro rojo que nada tiene que ver con el de su sueño o memoria.
Eventualmente, en breves destellos la película nos deja saber que ocurrió algo terrible, noción que se ve reforzada por hechos que ocurren en el “presente” –como el desprecio que sienten por Eva la mayoría de personajes con los que ella interactúa e incluso las agresiones que ésta sufre por ese “algo” que ocurrió–. Esto es lo maravilloso de la película: estos flashes del “pasado” no son solamente para la audiencia, son recuerdos que llegan a la mente de Eva y que la atormentan de la misma forma que nos atormenta a todos la contemplación mental de nuestros errores pasados. Claro que no pretendo comparar nuestra situación o remordimientos con los que ella vive, sino comparar nuestros aparatos psíquicos, a veces tan fantásticos, a veces tan crueles. 
Durante las casi dos horas que dura la película somos Eva, vivimos lo que ella vive; re-vivimos lo que ella re-vive. O, en otras palabras: por casi dos horas, nuestro tiempo y el de Eva se hacen uno y nos desplazamos en su presente, pero siempre atrapados en su pasado y lo que pudo ser, lo que quisiéramos cambiar, lo que deseamos nunca haber hecho. Y esta es nuestra verdadera tragedia conjunta: desde el principio de la película sabemos que algo ocurrió, ya ocurrió, y nada de lo que veamos a continuación puede cambiarlo, al menos no en la manera en que desearíamos cambiarlo, es decir, evitándolo. La película es una angustia total en ese sentido; pues no importa cuantos destellos de esperanza creamos observar en la relación de Eva y Kevin, entre su dinámica de madre e hijo, sabemos que por alguna u otra razón esa esperanza va a esfumarse, lo que no hace sino aumentar el desasosiego en el espectador que siente que no sólo sabe que algo salió mal, sino que está a punto de verlo. Este es un rompecabezas que ya sabemos cómo se resuelve, o mejor dicho, que sabemos que nunca se resuelve. No en el presente que nos ofrecen, no en el pasado que Eva ya no vive, sino que sólo ensueña.
Este es uno de esos casos, si se permite el cliché, en dónde forma es fondo; la película es así porque así también es la vida y así también es la mente. Insertos en la vorágine de la cotidianidad, calcular todas las consecuencias de nuestros actos es imposible, no sólo porque lo habitual nos envuelve en un velo que no nos permite ver y que –como piensa un muy joven Kevin­– nos acostumbra incluso a aquello que no nos gusta, sino también porque no contamos con toda la información; como en aquel cuento de Michael Ende, donde una especie de genio maligno reimaginado nos muestra que aunque creemos tomar decisiones informadas, en realidad no contamos con toda la información, y a veces con ninguna. Sin embargo –y he aquí la importancia del título y de la reflexión que llevan a cabo tanto Eva como Kevin, cada uno por su lado–, debemos hablar de las cosas, debemos pensarlas y debemos someterlas a examen incansablemente. Estamos tan absortos en vivir la vida, que no reparamos en cómo la estamos viviendo y no advertimos las señales de alarma que nos envían aquellos más cercanos a nosotros, no reparamos en el papel que jugamos en la destrucción sistemática de aquellos que amamos. La cinta ha tenido tanto éxito quizá por esto mismo, por el súbito descubrimiento de la maldad de la que somos capaces, o quizá por lo emocionalmente poderosas que resultan las imágenes de la película y que no nos permiten escondernos en aquella cotidianidad, que nos enfrentan sin miramientos a nuestra responsabilidad, y que nos hacen muy conscientes de nuestra inclinación por la competencia, por la violencia, por el antagonismo extremo y por la escalada en los enfrentamientos. Y nuestra capacidad para ello es tal, que no nos damos cuenta del momento en que nuestros seres más amados: nuestros padres, nuestros hijos, nuestros compañeros de vida, se convirtieron en el enemigo que debe ser aniquilado.
La importancia de tomar un momento para considerar a los demás es de esa magnitud; para poder evitar la tragedia, para al menos intentarlo antes de que suceda, antes de herir a los que nos rodean, ya sea con afiladas flechas o con palabras de desprecio; con líquidos destapa-caños o con la indiferencia y el descuido de las necesidades del otro.
Pero no todo es culpa de Eva, y por ello creo que la necesidad de hablar de Kevin es de todos, pues gran parte de la dinámica dentro de la cuál desarrollamos nuestras relaciones sociales depende de la sociedad misma dentro de la que vivimos y que nos ha enseñado a ser lo que somos. Ya decía Kafka en su Carta al padre que él sabía que su papá era alguien genial, todos lo amaban con razón; todos menos él, pues ambos, padre e hijo, tenían un papel que representar y ese papel incluía la exigencia de odiarse mutuamente, de hacerlo difícil para el otro. El sistema bajo el que vivían les asignaba los roles que debían desempeñar y su labor únicamente residía en representarlo a la perfección. “Bajo diferentes circunstancias habríamos sido grandes amigos” decía Franz.
La película nos hace reflexionar en la abisal responsabilidad de los padres y de todo aquél que toca la vida de un niño. El papel de Eva en el camino que recorre Kevin, en lo que eventualmente se convierte, no es pequeño; sin embargo, la relativa facilidad con la que uno puede descomponer a otro asusta y asusta mucho. En el cine, durante la película, cada vez que Kevin mostraba su todavía infantil pero ya talentosa habilidad para maquinar nuevas formas con las cuáles atormentar a su madre, gran parte de la audiencia reía, y es que en verdad no es tan fácil como podría parecer no reír ante las ocurrencias del pequeño; sin embargo, el ojo y el cuyo de Celie o las olimpiadas de la muerte en su escuela a nadie le parecen graciosas, pero para entonces es demasiado tarde; demasiado tarde para sus padres, su hermana y sus compañeros, es demasiado tarde para él.
La libertad –como afirmaba Nietzsche– es una fruta envenenada; somos libres de hacer, pero debemos hacernos responsables no sólo de aquello que hacemos, sino también de todo aquello que elegimos no hacer; y por eso tenemos que hablar de Kevin.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Reflexiones sueltas sobre "Rise of the Planet of the Apes"

Recientemente vi la precuela de aquella famosa película de 1968 llamada “El Planeta de los Simios”. Esta precuela titulada en inglés –su idioma original- como “Rise of the Planet of the Apes”, ha llegado a México con el título de “El Planeta de los Simios: [r]evolución”.

Debemos notar que la palabra inglesa “rise” puede ser traducida como “ascenso” o “surgimiento”, lo que da la idea de un origen, del nacimiento de ese planeta donde los primates dominan al hombre. Sin embargo, esa misma palabra puede ser también traducida como “levantamiento” o “alzamiento”, palabras que evocan una búsqueda de la liberación, un enfrentamiento al tirano que nos oprime. Me parece que en este caso la traducción sirve a su propósito.

(Advierto, para evitar la horrenda experiencia del “spoiler”, que es probable que líneas abajo haya “spoilers”, así que si no han visto la película y no desean que se las arruine, no sigan leyendo.)

“Rise..” es, en mi opinión, un film que nos invita a la reflexión en distintas líneas. Como película cumple lo que promete, pues sirve como puente entre la primera película y todo aquello que la historia original dejó fuera. No se trata solamente de la razón detrás del surgimiento de un planeta de simios, sino también de la atención que se puso a los detalles, como la pertinencia de dicha razón o los cabos que de otra forma quedarían sueltos.

El perfeccionamiento genético (inserte aquí su especie favorita: tiburones, murciélagos, abejas, humanos) es motivación frecuente para alterar aquello que conocemos como naturaleza; situación que termina muy, muy mal, en lo que suele interpretarse como castigo divino a la soberbia, a la necedad de jugar a ser dioses. El tema, por supuesto no es nuevo, la búsqueda fáustica del conocimiento y la repetición del pecado adánico original se repite una y otra vez en toda forma de arte; sin embargo, aquí hay algo distinto (elemento tampoco necesariamente nuevo, pero sí muy atractivo). Si bien, los intereses del capital no pueden dejarse de lado, pues siempre están involucrados; -representados por David Jacobs- es necesario recordar que esos intereses, tal y como sucede en la realidad, juegan constantemente con los deseos de los involucrados para conseguir lo que quieren. Los objetivos de Jacobs son parecidos a los de Rodman, pero sus motivaciones son sumamente distintas. A Jacobs, sin importar qué diga, lo único que le interesa es el dinero. Las motivaciones de Will son distintas, en parte quiere la fama, es cierto, pero su investigación es de suma importancia para él, pues quiere ayudar a su padre, quiere detener su sufrimiento. Por ello, la arrogancia aquí es solamente parte de la ecuación; ya que los deseos que eventualmente nos conducen al desenlace que todos conocemos, no sólo tienen que ver con la ambición y la gloria, sino también con la compasión y la empatía. Todo va cayendo en su justo lugar: la negación de Will de terminar con la vida de Caesar, el cuidado y la educación que le prodiga, el fracaso del compuesto y la necesidad de convertirlo en virus, el maltrato, hasta el viaje espacial. Todo encaja.

La película nos invita a reflexionar sobre nuestra relación con los demás habitantes de este planeta y con la naturaleza en general; nos invita a revisar ese comportamiento tan capitalista de ver a todo lo otro como el objeto a moldear, a dominar, a usar como mero medio en pos del progreso, del avance científico, del mejoramiento de nuestra especie, y de la riqueza de unos pocos. La antigua caracterización de las cosas en esencia y accidentes, que convertida termina por establecerse en nuestra conocidísima división de cuerpo y alma; sirve como justificación moderna de todas las atrocidades cometidas contra el cuerpo, siempre y cuando el alma sea salvada. La secularización de estos conceptos nos deja con la todopoderosa Razón, el misterioso "yo" y la conciencia superior. Si bien, después de innumerables luchas se ganaron resquicios desde dónde combatir la injusticia sobre el cuerpo humano, los animales quedaron en franca desventaja. Desde la religión se les negó el alma, desde la ciencia la razón, desde la filosofía la conciencia. Criaturas inferiores según todo criterio humano, quedaron en el limbo de los derechos. Sin alma, no importaba su salvación, sin razón no importaba su libertad y sin conciencia ni siquiera importaba su sufrimiento. La consideración moderna, aun reinante, de la superioridad del hombre, de su real derecho a poseer, usar y abusar de todo lo demás quedaba establecida pseudocientíficamente de manera natural y necesaria en una interpretación cómoda de la ley darwiniana del más apto. Por ello, “Rise…” plantea un ejercicio mental interesante, un ejercicio hipotético que encuentra fundamentos en la filosofía del periodo conocido como Crisis de la Razón, con Nietzsche y Freud a la cabeza, y más recientemente con los trabajos de ciencias cognitivas de pensadores como Dennett, Hofstadter o Dawkins. ¿Qué tal que nuestra superioridad supuestamente cierta hasta el momento resultara ser nada más que una ficción? ¿Qué tal que como le sucedió al alma alguna vez, un sector importante de la humanidad comenzara a dudar de la certeza de la conciencia, de la existencia del yo? Sus textos juegan con la hipótesis de que nuestro “yo”, o nuestra conciencia no es sino una ilusión, una ficción que nos da centro, que nos da unidad y sobre todo seguridad. No somos sino animales con un talento especial, al igual que cualquier otra especie. Nuestro talento especial no nos viene de Dios, ni de la astucia de la Razón, ni de la glándula pineal, sino de aquello mismo que hemos despreciado durante tanto tiempo: nuestro cuerpo, y más específicamente de nuestro cerebro, y aún más específicamente de nuestro neocortex. Nuestro talento consiste, o mejor dicho, un subproducto de él resulta en crear ficciones y luego creerlas con una convicción que haría palidecer a cualquier fanático. Las “especies inferiores”, así vistas, no son inferiores, sólo… diferentes; por lo que una revisión de la manera en que los tratamos es indispensable. Es necesaria una trasformación de paradigma que no sea automáticamente desventajosa, que no se de a partir de jerarquías establecidas de antemano, sino quizá a partir de la consideración del dolor ajeno, o de algunos otros criterios nuevos aún por determinar. Y esto no solamente en lo que respecta a la experimentación animal, que se muestra a detalle en la película, sino en todo aspecto, como la industria alimenticia, los zoológicos y los circos, por ejemplo.

El ejercicio mental de los escritores y el director no se detiene aquí, ya que sumidos en nuestras ficciones somos incapaces de ver las injusticias que el sistema comete en contra de sus víctimas –cosa que sucede a diario-, por lo que los simios son prácticamente forzados a levantarse en contra de la totalidad que los oprime. El sufrimiento de Caesar, le revela un mundo antes desconocido para él, le muestra una opresión para los suyos. Tiene la oportunidad de darle la espalda a las víctimas y retomar su posición acomodada, su hogar seguro al lado de Will, pero su experiencia en el refugio para simios le hace tomar conciencia de la injusticia que no merecen, del dolor que no se han ganado y lo obliga a pelear por la reivindicación de sus derechos, a pelear por su liberación. Lo fuerza a interpelar al sistema, a decir basta, a gritar ¡No!

¿Es ésta una visión romántica de los simios? ¡Por supuesto! ¡Es una ficción! Pero como todo ejercicio mental, nos pone a reflexionar sobre cosas que suceden todo el tiempo, sobre actitudes de la realidad que quizá deberíamos cambiar. Habrá algunos que ni siquiera quieran entrar al debate de las especies y los derechos de los animales, pero quizá sean seducidos o inspirados -especialmente en tiempos tan oscuros- por la fuerza de un relato, en donde un personaje no tolera el mundo en el que vive y desea cambiarlo dándose cuenta de que solo es débil, pero que la fuerza de la comunidad puede transformar el mundo.

jueves, 28 de julio de 2011

LA MATANZA DE OSLO Y LA BANALIDAD DEL MAL.

Por un lado, parecen tener razón aquellos que han pedido que Anders Behring Breivik pierda su nombre, su rostro. Quizá lo mejor es condenarlo al olvido, negarle la publicidad que tanto busca, a la que ha dedicado su vida y de la que ha obtenido tanto dinero. La riqueza de la que tanto presumía en sus perfiles parece haberla conseguido a través de su trabajo en el área de lo que hoy conocemos como “marketing”. Anders Behring Breivik sabe colocar productos en la mente de las personas, o en otras palabras, sabe vender sueños, deseos, creencias primero, y luego vender productos destinados a satisfacer esas ideas ya compradas por el público. Por eso el mayor peligro de seguir hablando del asesino de Oslo es colocar aún más su marca, su ideología. El mayor peligro es convertirnos, probablemente sin saberlo, en un elemento más de su aparato de marketing. Parece apropiado, entonces, despojarlo de toda humanidad, quitarle su rostro y hacerlo responder ya no a un nombre sino por sus acciones: “el asesino de Oslo”, “el monstruo”, “el terrorista”.

Ya otros antes de mi, han llamado la atención, a propósito de estos hecho lamentables, hacia juicio de Eichmann en Jerusalén o el espectáculo en el que se convirtieron los juicios de Núremberg a fin de mostrarle al mundo que la justicia no perdona y es especialmente dura cuando el sufrimiento de las víctimas es de tal magnitud que no puede ser ignorado. Dichos juicios hicieron desfilar víctima tras víctima para que pudieran testificar los horrores que habían vivido, para mostrar sin lugar a dudas las cosas inhumanas que los victimarios habían llevado a cabo, el sufrimiento al que habían sido sometidos y especialmente el elevado número de personas afectadas por tales actos de barbarie. El libro de Hanna Arendt sobre Eichmann trata de lo que ella llama “la banalidad del mal”, es decir, la parcelización del mal en pequeñas cargas que no perturban la moral de todos aquellos que participan en la barbarie. Durante la Solución Final, fue un gran número de alemanes los que participaron en mayor o menor medida en el genocidio. Funcionarios, soldados, ciudadanos, religiosos, muchos participaron pero nadie se creía culpable. Eichmann sostenía no haber matado a nadie, nunca haber jalado un gatillo, nunca haber girado una llave en las cámaras de gas, nunca haber puesto una soga alrededor de un cuello. Pero nada de eso importaba, sus manos no estaban manchadas de sangre, al menos no literalmente, pero sí manchadas de tinta por haber firmado los papeles que terminarían con la vida de muchas personas. De la misma forma, los maquinistas encargados de llevar prisioneros a los campos de concentración sólo conducían trenes, las enfermeras sólo desvestían y rapaban a los prisioneros, los conserjes sólo vaciaban y limpiaban las cámaras de gas, los médicos sólo diagnosticaban a los pacientes (aunque al diagnosticarlos como enfermos mentales, por ejemplo, estuvieran conduciéndolos con total conocimiento de ello a la muerte), los vecinos sólo enteraban de sus direcciones a las autoridades, los altos oficiales sólo firmaban papeles. Nadie era culpable, todos solamente cumplían con las obligaciones contraídas con la patria, primero, y con su trabajo, después. Era obvio que todos eran culpables, pero nadie lo veía, nadie se sentía culpable, y por ello, nadie sentía la obligación de detener todo aquello. No cargaban con la culpa que hubiera hecho que reflexionaran sobre todo aquello que habían hecho y seguían haciendo. Todo este mecanismo de división del mal, era una extensión de la manera moderna de ver al trabajo, y en general de la razón instrumental que exigía de sus empleados eficiencia y obediencia ciegas.

Lo que más preocupaba a Hanna Arendt era que al convertir a los nazis en monstruos, en inhumanos, en bestias sin corazón se pasara por alto que era toda una sociedad la culpable, un sistema económico, una cultura, una cosmovisión. Al final de los juicios, todo mundo creyó que ya no había problema; muerto el perro se acabó la rabia, como dice el dicho. Hanna quería que aprendiéramos de nuestros errores, pero para ello tendríamos que entender qué salió mal, las razones detrás de la barbarie. Despojar a los alemanes nazis de su humanidad en idea ocultaba las razones que orillan, convencen o encantan a toda una cultura, no sólo a estar de acuerdo con el genocidio y el terror, sino incluso a participar en ellos. La rabia no muere con el perro, y si no la entendemos, nos preparamos a lidiar con los infectados y desarrollamos vacunas contra ella, podría volverse una epidemia capaz de terminar con la humanidad entera.

Por ello, al hablar de Anders Behring Breivik no debemos perder de vista que antes que nada era humano. Debemos entender qué puede convencer a un ser humano de matar a cerca de un centenar de personas, y además justificarlo, estar convencido de que es lo correcto, de que está salvando al mundo. Para él, sus actos, al igual que los de los nazis, al igual que los de los jyhadistas musulmanes, al igual que los de los marines norteamericanos, eran necesarios.

El arrebato de las vidas de todos esos jóvenes nos recuerda de la manera más triste que el odio, la discriminación y el miedo no tienen que ver con Alemania o con Irak o Afganistán o ahora con Noruega, no es cosa de cristianos o musulmanes, de blancos o negros. Esta violencia es el resultado de una manera de ver al mundo como un lugar lleno de peligrosos enemigos que merecen la muerte. La idea de un mundo en supuesta necesidad de purificación racial, religiosa, social, o económica. El odio, la discriminación y el miedo son, además, alimentados por ideologías creadas desde los grupos de poder que obtienen cuantiosas ganancias de ellos. La creación de comunidades imaginarias capaces de morir y matar por sus creencias es el medio que utiliza el poder para mantenerse en control. El precio son vidas humanas como las que se perdieron en Utøya, la ganacia es el control económico, el control de recursos (naturales y humanos), el control territorial, el control mental.

No se trata de eliminar la responsabilidad de los individuos por sus actos, sin embargo, parece necesario revisar, además de nuestros actos, cada idea, cada creencia, cada imagen, cada imaginario que los motiva.

Por todo esto, es fácil de entender la iniciativa del grupo de hackers Anonymous de desfigurar el manifiesto que Breivik dejó atrás y que pretende justificar la violencia y el asesinato. Hundir tales ideas en un mar de falsificaciones, de tergiversaciones, de bromas y, así, negarle la oportunidad de alcanzar a otros, de envenenarlos con sus locas alucinaciones. Evitar que sobrevivan esas ideas que convocan a la violencia y la publicitan a través de la violencia misma.

Sin embargo, es desolador pensar que una vez más la petición de Hanna Arendt tenga que hacerse oír; saber que el mismo sistema que permitió el Holocausto siga vigente y siga permitiendo, promoviendo y necesitando de odio, discriminación y miedo. Es desolador pensar que ante tal sistema no podamos entender la rabia y desarrollar un antídoto, sino sólo matar a los perros, y cuando mucho, intentar evitar que la rabia entre en contacto con otras personas.

jueves, 30 de junio de 2011

El cumpleaños de Saint Exupéry

Ayer 29 de Junio de 2011 se cumplieron 111 años del nacimiento de Antoine de Saint Exupéry, por lo que parecía adecuado postear algo en el blog para conmemorarlo, y nada parecía mejor que una revisión de su fantástica obra "El Principito". Debe quedar claro que no sé a cabalidad que clase de revisión es ésta, ya que no es el resultado ni de mi talento, ni de mi sabiduría, sino simplemente de mi admiración por este escritor, pero muy en particular por esta obra. Lo que sí sé es que contiene -sépanlo bien- "spoilers" del pequeño cuento.

Habiendo re-leído este muy modesto acercamiento, debo confesar que me da la impresión de estar traicionando, como dice Nietszche, la esencia del arte al intentar explicar intenciones y dar sentidos. Es cierto que ninguna obra de arte necesita de su coro explicativo, pero esta es simplemente mi humilde interpretación de tan bello texto; no tengo expectativas de verdad, ni de universalidad. Así que para continuar con Nietszche: "Y si esto es sólo una interpretación, bien, tanto mejor".

Así que aquí va:


UNA DOBLE MIRADA AL PRINCIPITO: ALGO MÁS QUE UN LIBRO INFANTIL

El hombre, ese entusiasta clasificador de todo lo que encuentra a su alrededor, obsesionado con el conocimiento, y en ese sentido, obsesionado con las abstracciones, con esos cajones y etiquetas que le permiten conceptualizar todo, hablar de todo, hacerse experto en todo. Las obras literarias, por supuesto, no escapan a este escrutinio detallado al que sometemos todo. Estamos atentos a si determinada obra es épica, si aquella otra es dramática o lírica; y no nos detenemos ahí, muchas veces queremos incluso determinar si son buenas o malas. La discusión es amplia pues tenemos entonces que determinar, antes que cualquier otra cosa, cuáles son aquellos criterios que las hacen malas o buenas, líricas o dramáticas, etc. El problema es profundo y difícil, ya que en toda creación literaria siempre tenemos un elemento que no se deja atrapar fácilmente, que es complejo, confuso, y muy a menudo contradictorio: el hombre, o más específicamente, su intuición como escritor, su personalidad, su mente.

Los pensamientos humanos son muy complejos y muchas veces contradictorios; pretender que podemos aprehenderlos del todo, de manera fiel y a través de la traducción que ofrecen cosas de tipo y orden completamente distintos, como lo son las palabras, es, por decir lo menos, ingenuo. Dicho esto, cabe aclarar que tampoco tenemos por qué renunciar por completo a toda intención de entender una obra, y que el misterio que envuelve siempre a ese componente inevitable de toda génesis literaria no tiene por qué ser malo, degradante o desvalorizarlo todo. La pretensión casi universal de rigor científico que pulula todas las disciplinas, al menos aquellas que pretenden ser tomadas en serio, no debe ser tomada en serio ella misma.

En todo caso, contamos con algo por lo menos verificable: el texto. Es a través del texto que podemos encontrar indicios de lo que el autor ha puesto de sí mismo en la obra, de su intención, intuición y sentimiento. Para bien o para mal, cuando el objeto de estudio es el sentimiento, el pensamiento, las intenciones o estados mentales o, en otras palabras, cuando es el hombre mismo el objeto de estudio, siempre caminamos sobre hielo delgado, y hay que tomar riesgos, aventurar suposiciones y creencias para poder cruzarlo, porque podríamos quedarnos a la orilla, pero ¿cómo no leer las páginas del pasado a la luz de la historia, de su historia, de la de su creador y de la de todos? ¿Cómo no zambullirnos, no sólo en las palabras, sino en todo ese océano misterioso pero maravilloso que siempre se deja, casi como evidencia, en un texto? Por supuesto, siempre ayuda mantenerse al cobijo de evidencia que apunte en esa determinada dirección si es que se quiere salir a flote. Y ese es un método, quizá no tan científico como les gustaría a algunos, pero aún así un método.

Envueltos en ese afán clasificador nos preguntamos sobre El Principito, en particular sobre su acostumbrado lugar en el cajón de los cuentos infantiles.

Si el estilo en verdad tiene más que ver con su función que con su forma, entonces ¿cuál es la función del Principito? ¿Cuál es su intención comunicativa y en ese sentido, su público?

Hay muchos rasgos estilísticos que se utilizan habitualmente para llamar la atención del público infantil. El uso de ilustraciones es algo muy característico y rápidamente identificable dentro de los libros infantiles. El propio Saint-Exupéry ilustra su obra y sus dibujos parecen claramente dirigidos a un público infantil. La sencillez y linealidad de la historia que no deja lugar a confusiones o dudas y la falta de cambios bruscos o alternancia de planos, parecen también apuntar al mismo objetivo; no hay detalles de sobra, de hecho hay una sobriedad en la presentación de lo imprescindible para el desarrollo de la trama, los escenarios no están sobrecargados de detalle; toda la historia se pone en los hombros de los personajes y sus diálogos.

La elección del desierto como escenario bien puede ser el resultado de aquella experiencia de 1935, donde tras 19 horas de vuelo, en un intento por batir un récord en el trayecto Paris-Saigón, Exupéry termina en un accidente que lo deja varado durante 4 días bajo el quemante sol a unos kilómetros del Cairo, en lo que usualmente se cuenta como la fuente de inspiración que el escritor usó para nuestro cuento. Lo cierto es que la elección del desierto como marco de la acción en la que se desarrolla “El Principito” es perfecto, pues permite que los detalles del paisaje se hagan a un lado, apenas esbozándolo ligeramente, permitiendo, de esta manera, que la fuerza del relato se presente únicamente en la poderosa figura del Principito, mientras que se mantiene el relato relativamente sencillo.

El lenguaje con el que se le habla -especialmente al referirse al principito-, es de resaltar también. María Beatriz Fontanella nos dice en su texto sobre los diminutivos que el niño vive en un mundo interior en donde “no predomina el pensamiento lógico conceptual (que en las primeras edades se desconoce), sino los contenidos afectivos, volitivos y lúdicos”. El aviador se refiere siempre al personaje principal como “hombrecito”, “principito”, “muchachito”, esta constante parece transmitir, o exacerbar, ese contenido emocional que nos hace a los lectores desarrollar un cariño especial por el principito. Encontramos también repeticiones deliberadas que refuerzan y mantienen frescas y constantes algunas ideas. Cada vez que termina un capítulo, sobre todo de la primera parte del cuento donde el principito visita varios planetas e interactúa con sus habitantes, repite una y otra vez “Las personas grandes son muy extrañas”. Ningún personaje lleva un nombre propio, todos son mencionados por sus características personales: el bebedor, el rey, el vanidoso, el zorro, etc. La evidencia lingüística del "Principito" como literatura infantil no se detiene ahí, podemos encontrar el uso de puntos suspensivos casi a lo largo de toda la obra, utilización de un lenguaje o forma de hablar específica o característica para algunos de los personajes ─el Rey constantemente se aclara la garganta con un “Ejem, ejem”, el hombre de negocios cuenta y menciona números todo el tiempo, el farolero prendía y apagaba su farol mientras acompañaba el gesto con un “¡Buenos días!” o “¡Buenas noches!” de acuerdo a la situación─, lo que evita que sean planos, los hace más memorables e incluso graciosos para los niños.
Acorde con el animismo y la fantasía del infante, Exupéry también dota de cualidades humanas a los animales o las cosas; el zorro y la flor pueden hablar y son capaces de otorgar frases de sabiduría a los hombres. Carlos A. Castro Alonso en su "Estilística de la literatura infantil" sostiene que otro de los rasgos centrales que encontramos en las obras infantiles, especialmente las que gozan del favor de los niños, es la construcción de un relato que refleje una “actividad feliz y fácil [...] la pintura de una vida en donde el esfuerzo está coronado por el éxito (la anécdota debe terminar bien, y los hechos, los más imprevistos, deben sucederse para variar la vida de los héroes y salvarlos en el momento en que van a perecer)”. Al final podría parecernos que el principito muere a causa del veneno de una serpiente, él mismo hace mención al hecho de haber sido mordido, e incluso le pide al aviador que no vaya a verlo esa noche pues lo que verá no será agradable: “Pareceré enfermo... Parecerá un poco que me muero... es así. ¡No vale la pena que vengas a ver eso...!”. Sin embargo, insiste en que no es así, que sólo lo parecerá, pero la realidad es que su viaje no le permite cargar con ese cuerpo en el regreso a su planeta: “Parecerá que estoy muerto, pero no es verdad -¿Comprendes? Es demasiado lejos y no puedo llevar este cuerpo que pesa demasiado”. A todas luces podría parecernos que el principito ha muerto, pero los párrafos finales parecen intentar disminuir el efecto de lo que para nosotros es su muerte, pues el aviador continúa mirando a las estrellas, aún después de seis años preguntándose si el cordero que le regaló se habrá comido o no a su flor. Toda la actitud del aviador parece decirnos que está seguro de que el principito vive y ha vuelto exitosamente a su planeta junto a su flor. Como si justo antes de perder la vida, justo antes de la destrucción de ese caparazón o envoltura humana, de su cuerpo; su espíritu, su alma, su esencia hubiera logrado escapar de la muerte al viajar por las estrellas de vuelta a su asteroide. Ese movimiento mágico de escape final a través de cosas tan inverosímiles para los adultos es algo que encanta a los niños y en lo que tienen facilidad de creer debido a que justamente en su psique están continuamente aspirando a ese mundo literario en donde la fantasía y la realidad no están claramente separadas, pues dentro de su propia cosmovisión aún, al menos no hasta los nueve años, no las separa claramente. De acuerdo con Ortega y Gasset, “todo lo que el niño ve en torno suyo es como debía ser y lo que no es así no lo ve, tanto que los vicios mismos, hasta la muerte y el crimen, quedan purificados por su alquimia espiritual”, es por esto que el niño requiere muy poco para lograr creer que aquel personaje que ha llegado a querer tanto no está realmente muerto, y el escritor le provee estos pocos detalles necesarios. Es indudable que encontramos suficientes rasgos como para considerar al Principito como una obra infantil, sin embargo también podremos encontrar evidencia que parece apuntar en la dirección opuesta.

Incluso después de una rápida lectura, parece claro que la obra contiene una riqueza narrativa que no podría ser aprehendida fácilmente por los pequeños, nos deja la sensación de que no es un cuento de aventuras solamente y que pretende, por lo menos, reflejar nuestra sociedad adulta, de forma que podamos darnos cuenta de aquellas cosas que son absurdas y que, sin embargo, nos parecen tan maduras y tan esenciales. Desde muy temprano se nos advierte que los adultos no tomamos en cuenta aquello que no se reviste de las formas que consideramos serias o maduras. Se nos cuenta que el asteroide B 612, el planeta en el que vive el Principito, sólo ha sido divisado una vez en 1909 por un astrónomo turco, al que nadie había tomado en serio y nadie le creía. No fue sino hasta 1920, después de un decreto bajo pena de muerte de vestirse a la europea, que el astrónomo pudo gozar de la credibilidad en su descubrimiento pues llevaba un traje muy elegante. Saint Exupéry parece querer decirnos que aunque llevemos un nombre único y aunque externamente seamos como todos los demás seres humanos, son nuestras acciones las que nos distinguen. Quizá esa es la razón por la cual es través de la mirada del principito que podemos tomar distancia de lo que nos parece “normal” y, de tal forma, intentar someter a examen nuestra conducta con nuevos ojos que no estén contaminados por los prejuicios de ser un adulto terrestre, para que podamos darnos cuenta de cuán absurdo es querer ser un rey sin súbditos, un vanidoso sin seguidores, un geógrafo sin exploradores; para que podamos darnos cuenta de cuánto nos aislamos por sumergirnos en nuestras actividades “profesionales” y nuestras actitudes soberbias. Un vistazo que nos muestra claramente cómo hemos invertido los valores y ahora nos parece “razonable” ponerle precio a todo, intentar apropiarnos hasta de las estrellas para poder venderlas, como lo hace el hombre de negocios. Un increíble ejercicio casi de clarividencia que vislumbra la modernidad que se caracteriza por patentar el agua, la tierra y hasta los códigos genéticos; por nuestro tiempo acelerado de vida, casi como si viviéramos en el asteroide cuyo día dura un minuto, constantemente buscando nuevas formas de ahorrar tiempo, de buscar píldoras que eviten perder el tiempo en beber agua; ahorrar tiempo para poder utilizarlo buscando nuevas maneras de ahorrarlo. Por eso el principito comenta que si pudiera ahorrar todo ese tiempo lo utilizaría en tomar una caminata tranquila hacia una fuente donde pudiera beber agua fresca. Se pone de manifiesto nuestra necesidad de poseer, comprar, vender, en lugar de experimentar, gozar, vivir. Justo para evitar caer en el error del vanidoso, el zorro le advierte que “Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos.” De esta forma, a través de lo que él llama “domesticar” es posible establecer lazos, tender puentes que nos acerquen a las personas, de manera que no habitemos planetas desolados. Como si los planetas que el principito había visitado antes fueran metáforas de las almas de aquellos que encontraba ahí, necesitados del otro, pero consistentemente alejando a todos. Estos ritos a los que hace referencia el zorro, ese “cada día podrás sentarte más cerca de mí”, es simplemente la intimidad que vamos creando con los demás. Esos rituales compartidos son la amistad.

Dentro de esas relaciones hay algunas que son diferentes a las demás, la rosa a la que tanta fidelidad y amor le profesa el principito es el amor, esa relación tan especial que requiere del cuidado preciso, del riego diario, de la protección de las fuerzas destructivas. El principito sabe que debe cuidar esa relación que ha florecido pues hay muchas otras que duran tan poco, que “aparecían entre la hierba una mañana y por la tarde se extinguían”. Esa no era la primera flor que el principito había visto pero sí era la que le parecía una aparición milagrosa. Y aún así, la flor no está dispuesta a entregarse completamente, al menos no inicialmente, sus cuatro espinas, de las cuáles hace tanto alarde, le sirven como advertencia a aquellos que podrían querer lastimarla, y que la mantienen segura pero solitaria.

A lo largo de toda la obra, aparece y reaparece la finitud. El principito se sobresalta al darse cuenta por primera vez durante su viaje al planeta del geógrafo que su flor a la que tanto ama, es efímera y se encuentra en todo momento en peligro de destrucción. La propia existencia como lo muestra el final del libro se encuentra siempre amenazada por la finitud. El principito sabe que tiene una cita con la muerte, una cita de la que no puede escapar y que se aparece con la forma de una serpiente.

Estas metáforas no están dirigidas a los niños, y quizá no porque no las entenderían, sino quizá... quizá porque las entienden demasiado bien.

El final se deja abierto precisamente para permitir que el libro sea leído en ambos sentidos, como un cuento que se lee en distintos niveles o incluso un cuento que contiene a varios cuentos dentro de sí.
En la dedicatoria inicial se advierte que el libro está dedicado por una parte a los niños, pero por otra a aquellos adultos que puedan entender los libros de los niños como éste. Está dirigido quizá al niño interior que todos albergamos y que Saint Exupéry espera ayudar a emerger de nuevo, a rejuvenecer el espíritu del lector, a convidarle una vez más de su magia y su inocencia, su deseo de disfrutar la vida, de verdaderamente vivirla. Como si pretendiera que su libro fuera usado por los niños en su camino a convertirse en adultos, y por los adultos en lo que él esperaba fuera su camino por recuperar eso que de deseable tiene el espíritu infantil.
Puede que Saint Exupéry haya visto su carrera como dibujante truncada, por aquello que siempre le dijeron los adultos mientras crecía, pero su maestría y talento como escritor le permiten hacer con las letras aquello que pudo hacer desde muy temprana edad con los dibujos: escribir un libro que pueda ser al mismo tiempo un sombrero o una boa cerrada con un elefante adentro.